
Cien años de soledad
Edición de Jacques Joset
Cátedra, Letras Hispánicas
Editorial Sudamericana
Págs. 46 a la 51
Ya lo advertimos, Cien años de soledad fue acogida por un concierto casi unánime de elogios desde su aparición. Sólo este sector de la crítica que tiene un concepto “activista” de la creación literaria se atrevió a reprocharle a García Márquez, aunque generalmente con moderación, una falta de compromiso, una carencia ideológica en ésta como en las demás ficciones. Sin discutir el hecho de que aquella exigencia sea quizá irrelevante y valga como pedirle peras al olmo, sorprende el reproche a quien no se contenta con la aproximación superficial de los enunciados inmediatos. Y al que se contenta, sorprende también por la cantidad de episodios que si no son una llamada directa a la denuncia y protesta- como en tantas novelas hispanoamericanas de los años 30 a 50 a cuya estructuración se opone precisamente la generación literaria del escritor colombiano-, sí suscitan la reflexión indignada en el lector. Tengo con Joaquín Marco que “constituiría un craso error entender la novela como un relato marginal a la conciencia histórica”. (66) Asimismo Ángel Rama había visto con su agudeza acostumbrada que:
“De cierto modo, en su chisporroteante contar anécdotas sobre la vida latinoamericana, hilvanando esas absurda y grotescas historias con las cuales se teje su historia conocida, pretende evidenciar (García Márquez) el funcionamiento propio, disparatado y casi guiñolesco de la vida de su país y de tantos otros países del continente, como el dato veraz que deviene piedra de toque con que probar la veracidad de su nuevo narrar.” (67)
El pasaje que probablemente suscitó más comentarios sobre la relación entre la historia colombiana y la ficción es, por su carácter de evidencia deslumbrante, el de la represión sangrienta de la huelga de los trabajadores de la compañía bananera (págs. 417-434). El mismo García Márquez indicó que se trataba de la trasposición de un acontecimiento histórico (68): la huelga de 1928 dirigida contra la United Fruit Company, que paralizó toda la zona bananera de la costa atlántica colombiana:
“Este año se había fundado en Colombia, luego del tercer Congreso obrero nacional, un Partido Socialista revolucionario. La huelga del año 1928 quedaría grabada en la memoria de toda la región, por la ferocidad con que fue reprimida por el ejército. Un decreto expedido por el Jefe Civil y Militar de la provincia, general Carlos Cortés Vargas, declaró “malhechores” a los huelguistas y autorizó al ejército a intervenir. La matanza se llevó a cabo en la estación de ferrocarril de Ciénaga, donde los huelguistas fueron ametrallados. Murieron muchos y luego se diría que la cifra de víctimas se elevó a centenares o a miles.” (69)
Al transformar el dato histórico en episodio de ficción, García Márquez lo acuña con su marca personal, su sello inconfundible que remata en la conclusión:
“La versión oficial, mil veces repetida y machacada en todo el país por cuanto medio de divulgación encontró el gobierno a su alcance, terminó por imponerse: no hubo muertos, los trabajadores satisfechos habían vuelto con sus familias, y la compañía bananera suspendía actividades mientras pasaba la lluvia (...) “Seguro que fue un sueño”, insistían los oficiales. “En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Éste es un pueblo feliz.” Así consumaron el exterminio de los jefes sindicales (págs. 433-434).”
Sobre Macondo se abate una nueva forma de la peste del olvido. Las fuerzas de la represión corren un tupido velo sobre el exterminio organizando la versión oficial de los acontecimientos: “En Macondo no ha pasado nada.” La capacidad de imponer el silencio y el discurso que sustituye la verdad histórica es la unidad de medida del poder en una sociedad violenta. La violencia del poder siempre es semántica: masacrar a los rebeldes no sirve para nada si no se mata a la vez la crónica de la masacre.
Renunciar al poder o perderlo es refugiarse en el silencio, perder la palabra. Ejemplar al respecto resulta la trayectoria revolucionaria del coronel Aureliano Buendía. Quien “llegó a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias, con jurisdicción y mando de una frontera a la otra, y el hombre más temido por el gobierno” (pág. 202), cuando se da cuenta de la inutilidad de sus guerras, se encierra en su taller de orfebrería de Macondo y se dedica a la fabricación vana de pescaditos de oro. Quien conoció la soledad del poder, simbolizada por el círculo de tiza que hacía trazar en torno suyo, decide terminar su vida en la incomunicación, en la soledad del silencio, en los gestos y sueños que se repiten sin sentido, así como de tanto repetirse, las palabras pierden su significado.
El mismo imperialismo norteamericano comienza con la imposición, en la novela, de un lenguaje dominante, más esotérico que el de los mitos y tradiciones herméticas, la jerga de la ciencia moderna:
“Con la incrédula atención de un comprador de diamantes (Mr. Herbert) examinó meticulosamente un banano seccionando sus partes con un estilete especial, pesándolas en un granatorio de farmacéutico y calculando su envergadura con un calibrador de armero. Luego sacó de una caja una serie de instrumentos con los cuales midió la temperatura, el grado de humedad de la atmósfera y la intensidad de la luz.
(...) El miércoles llegó un grupo de ingenieros, agrónomos, hidrólogos, topógrafos y agrimensores (...) (págs. 341-342).”
Antes de desaparecer de Macondo, haciendo desaparecer físicamente a los trabajadores, la compañía bananera había proclamado la inexistencia legal de éstos. El discurso terrorista del derecho, aquel “delirio hermenéutico”, les había matado previamente:
“Fue allí (en los tribunales supremos) donde los ilusionistas del derecho demostraron que las reclamaciones carecían de validez, simplemente porque la compañía bananera no tenía, ni había tenido nunca, ni tendría jamás trabajadores a su servicio, sino que los reclutaba ocasionalmente y con carácter temporal. De modo que (...) se estableció por fallo de tribunal y se proclamó en bandos solemnes la inexistencia de los trabajadores (pág. 424).
Cien años de soledad convoca, pues, desde el principio, como vimos, la reflexión sobre el problema fundamental de la vida social de los hombres, sobre la misma esencia del poder, la Palabra inventada, y los métodos que utiliza para imponerse y mantenerse en circunstancias históricas determinadas, la Palabra impuesta, el discurso que domina, oculta y mata a oros discursos. Esta dialéctica del Poder y de la palabra ya había alucinado a los lectores- entre ellos García Márquez- de El Gran Burundú-Burundá ha muerto (1952) de Jorge Zalamea. Su rastro se sigue desde el cuento que da el título a la colección Los funerales de la Mamá Grande hasta El general en su laberinto.
Ahora bien, el lector tiene que preguntarse si entre él y la fábula no se traba una misma especie de relación de dependencia. Embelesado, embrujado, atontado por las aventuras tropicales de los Buendía- que son entes de palabras-, puede quedar dominado por la narración. Entre el poder de la palabra de un narrador omnisciente, es decir, omnipotente, y la palabra del Poder autoritario, ¿no existirá alguna connivencia? De ser positiva la respuesta, Cien años de soledad reforzaría las estructuras sociales que el propio autor denuncia en su actuación cívica y en su obra ensayística. ¡Tremenda acusación! No obstante, se trataría de una contradicción no tan rara que la sociocrítica desvela con frecuencia.
La misma forma de narrar la crónica de Macodo disuelve la contradicción: bien puede el narrador adelantar o retrasar el relato de las peripecias, pero no nos oculta nada como lo haría la palabra del Poder. Nunca me arrincona a mí, lector, en el cuarto del silencio. A lo sumo me encierra en el cuarto de Melquíades donde quedan depositados los pergaminos que, si bien cifrados, codificados, acaban hablando. Y su habla, transmitida por la novela, nos enseña claramente que los esfuerzos del Poder para sembrar la peste del olvido no sirven para nada. La palabra olvidada siempre se recupera. Siempre surge un último Aureliano para gritar:
“Que el coronel Aureliano Buendía hizo treinta y dos guerras civiles y las perdió todas (...) Que el ejército acorraló y ametralló a tres mil trabajadores, y que se llevaron los cadáveres para echarlos al mar en un tren de doscientos vagones (pág. 550).”
El ultimo narrador de Cien años de soledad no es Melquíades, sino el que descubrió la clave de la traducción que hizo Aureliano Babilonia y lo puso por escrito de tal forma que la ciudad de los espejos no fuera “desterrada de la memoria de los hombres”. La libertad del lector queda implicada en la del transcriptor de la crónica de Macondo, quien por el mismo hecho de copiarla salvó a los Buendía de la peste del insomnio y no nos deja, ni deja al Poder, dormir tranquilo por la calidad de su Palabra. Como hijo incestuoso pero legítimo del traductor de Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo, nos hace vislumbrar:
“Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la Tierra”. (70)
Edición de Jacques Joset
Cátedra, Letras Hispánicas
Editorial Sudamericana
Págs. 46 a la 51
Ya lo advertimos, Cien años de soledad fue acogida por un concierto casi unánime de elogios desde su aparición. Sólo este sector de la crítica que tiene un concepto “activista” de la creación literaria se atrevió a reprocharle a García Márquez, aunque generalmente con moderación, una falta de compromiso, una carencia ideológica en ésta como en las demás ficciones. Sin discutir el hecho de que aquella exigencia sea quizá irrelevante y valga como pedirle peras al olmo, sorprende el reproche a quien no se contenta con la aproximación superficial de los enunciados inmediatos. Y al que se contenta, sorprende también por la cantidad de episodios que si no son una llamada directa a la denuncia y protesta- como en tantas novelas hispanoamericanas de los años 30 a 50 a cuya estructuración se opone precisamente la generación literaria del escritor colombiano-, sí suscitan la reflexión indignada en el lector. Tengo con Joaquín Marco que “constituiría un craso error entender la novela como un relato marginal a la conciencia histórica”. (66) Asimismo Ángel Rama había visto con su agudeza acostumbrada que:
“De cierto modo, en su chisporroteante contar anécdotas sobre la vida latinoamericana, hilvanando esas absurda y grotescas historias con las cuales se teje su historia conocida, pretende evidenciar (García Márquez) el funcionamiento propio, disparatado y casi guiñolesco de la vida de su país y de tantos otros países del continente, como el dato veraz que deviene piedra de toque con que probar la veracidad de su nuevo narrar.” (67)
El pasaje que probablemente suscitó más comentarios sobre la relación entre la historia colombiana y la ficción es, por su carácter de evidencia deslumbrante, el de la represión sangrienta de la huelga de los trabajadores de la compañía bananera (págs. 417-434). El mismo García Márquez indicó que se trataba de la trasposición de un acontecimiento histórico (68): la huelga de 1928 dirigida contra la United Fruit Company, que paralizó toda la zona bananera de la costa atlántica colombiana:
“Este año se había fundado en Colombia, luego del tercer Congreso obrero nacional, un Partido Socialista revolucionario. La huelga del año 1928 quedaría grabada en la memoria de toda la región, por la ferocidad con que fue reprimida por el ejército. Un decreto expedido por el Jefe Civil y Militar de la provincia, general Carlos Cortés Vargas, declaró “malhechores” a los huelguistas y autorizó al ejército a intervenir. La matanza se llevó a cabo en la estación de ferrocarril de Ciénaga, donde los huelguistas fueron ametrallados. Murieron muchos y luego se diría que la cifra de víctimas se elevó a centenares o a miles.” (69)
Al transformar el dato histórico en episodio de ficción, García Márquez lo acuña con su marca personal, su sello inconfundible que remata en la conclusión:
“La versión oficial, mil veces repetida y machacada en todo el país por cuanto medio de divulgación encontró el gobierno a su alcance, terminó por imponerse: no hubo muertos, los trabajadores satisfechos habían vuelto con sus familias, y la compañía bananera suspendía actividades mientras pasaba la lluvia (...) “Seguro que fue un sueño”, insistían los oficiales. “En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Éste es un pueblo feliz.” Así consumaron el exterminio de los jefes sindicales (págs. 433-434).”
Sobre Macondo se abate una nueva forma de la peste del olvido. Las fuerzas de la represión corren un tupido velo sobre el exterminio organizando la versión oficial de los acontecimientos: “En Macondo no ha pasado nada.” La capacidad de imponer el silencio y el discurso que sustituye la verdad histórica es la unidad de medida del poder en una sociedad violenta. La violencia del poder siempre es semántica: masacrar a los rebeldes no sirve para nada si no se mata a la vez la crónica de la masacre.
Renunciar al poder o perderlo es refugiarse en el silencio, perder la palabra. Ejemplar al respecto resulta la trayectoria revolucionaria del coronel Aureliano Buendía. Quien “llegó a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias, con jurisdicción y mando de una frontera a la otra, y el hombre más temido por el gobierno” (pág. 202), cuando se da cuenta de la inutilidad de sus guerras, se encierra en su taller de orfebrería de Macondo y se dedica a la fabricación vana de pescaditos de oro. Quien conoció la soledad del poder, simbolizada por el círculo de tiza que hacía trazar en torno suyo, decide terminar su vida en la incomunicación, en la soledad del silencio, en los gestos y sueños que se repiten sin sentido, así como de tanto repetirse, las palabras pierden su significado.
El mismo imperialismo norteamericano comienza con la imposición, en la novela, de un lenguaje dominante, más esotérico que el de los mitos y tradiciones herméticas, la jerga de la ciencia moderna:
“Con la incrédula atención de un comprador de diamantes (Mr. Herbert) examinó meticulosamente un banano seccionando sus partes con un estilete especial, pesándolas en un granatorio de farmacéutico y calculando su envergadura con un calibrador de armero. Luego sacó de una caja una serie de instrumentos con los cuales midió la temperatura, el grado de humedad de la atmósfera y la intensidad de la luz.
(...) El miércoles llegó un grupo de ingenieros, agrónomos, hidrólogos, topógrafos y agrimensores (...) (págs. 341-342).”
Antes de desaparecer de Macondo, haciendo desaparecer físicamente a los trabajadores, la compañía bananera había proclamado la inexistencia legal de éstos. El discurso terrorista del derecho, aquel “delirio hermenéutico”, les había matado previamente:
“Fue allí (en los tribunales supremos) donde los ilusionistas del derecho demostraron que las reclamaciones carecían de validez, simplemente porque la compañía bananera no tenía, ni había tenido nunca, ni tendría jamás trabajadores a su servicio, sino que los reclutaba ocasionalmente y con carácter temporal. De modo que (...) se estableció por fallo de tribunal y se proclamó en bandos solemnes la inexistencia de los trabajadores (pág. 424).
Cien años de soledad convoca, pues, desde el principio, como vimos, la reflexión sobre el problema fundamental de la vida social de los hombres, sobre la misma esencia del poder, la Palabra inventada, y los métodos que utiliza para imponerse y mantenerse en circunstancias históricas determinadas, la Palabra impuesta, el discurso que domina, oculta y mata a oros discursos. Esta dialéctica del Poder y de la palabra ya había alucinado a los lectores- entre ellos García Márquez- de El Gran Burundú-Burundá ha muerto (1952) de Jorge Zalamea. Su rastro se sigue desde el cuento que da el título a la colección Los funerales de la Mamá Grande hasta El general en su laberinto.
Ahora bien, el lector tiene que preguntarse si entre él y la fábula no se traba una misma especie de relación de dependencia. Embelesado, embrujado, atontado por las aventuras tropicales de los Buendía- que son entes de palabras-, puede quedar dominado por la narración. Entre el poder de la palabra de un narrador omnisciente, es decir, omnipotente, y la palabra del Poder autoritario, ¿no existirá alguna connivencia? De ser positiva la respuesta, Cien años de soledad reforzaría las estructuras sociales que el propio autor denuncia en su actuación cívica y en su obra ensayística. ¡Tremenda acusación! No obstante, se trataría de una contradicción no tan rara que la sociocrítica desvela con frecuencia.
La misma forma de narrar la crónica de Macodo disuelve la contradicción: bien puede el narrador adelantar o retrasar el relato de las peripecias, pero no nos oculta nada como lo haría la palabra del Poder. Nunca me arrincona a mí, lector, en el cuarto del silencio. A lo sumo me encierra en el cuarto de Melquíades donde quedan depositados los pergaminos que, si bien cifrados, codificados, acaban hablando. Y su habla, transmitida por la novela, nos enseña claramente que los esfuerzos del Poder para sembrar la peste del olvido no sirven para nada. La palabra olvidada siempre se recupera. Siempre surge un último Aureliano para gritar:
“Que el coronel Aureliano Buendía hizo treinta y dos guerras civiles y las perdió todas (...) Que el ejército acorraló y ametralló a tres mil trabajadores, y que se llevaron los cadáveres para echarlos al mar en un tren de doscientos vagones (pág. 550).”
El ultimo narrador de Cien años de soledad no es Melquíades, sino el que descubrió la clave de la traducción que hizo Aureliano Babilonia y lo puso por escrito de tal forma que la ciudad de los espejos no fuera “desterrada de la memoria de los hombres”. La libertad del lector queda implicada en la del transcriptor de la crónica de Macondo, quien por el mismo hecho de copiarla salvó a los Buendía de la peste del insomnio y no nos deja, ni deja al Poder, dormir tranquilo por la calidad de su Palabra. Como hijo incestuoso pero legítimo del traductor de Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo, nos hace vislumbrar:
“Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la Tierra”. (70)














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